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Os ofrecemos esta entrevista que hemos realizado a don Santiago Arellano Hernández, quien nos da las claves para que, captando mejor el sentido de la Literatura y del Arte en general, consigamos apreciar la belleza en lo cotidiano de nuestro día a día y a vivir mejor, más acorde con nuestra dignidad humana. Es lo que ha intentado trasmitir en su libro Aprender a mirar para aprender a vivir.

¿De dónde vino la idea del libro?

Lo que quiero contar en el libro es la intuición, que probablemente tuve desde joven, de que la Literatura tenía que ser, no un instrumento de conocimiento o de erudición, sino un ventanal abierto a la vida. Esto me vino de siempre y había expresado esta idea en mil artículos y lo había trabajado con textos concretos. Entonces, en plena pandemia, con el tiempo que me daba para estar en casa recogido, se me ocurrió reunirlo y tratar de expresarlo de una manera que pudiera servir como testimonio de lo que ha sido para mí la Literatura: una manera no sólo de saber, sino de vivir. Y ese era el punto que me urgía, y que tuve ocasión, en la paz que me daba la pandemia, de conseguir que fuera recogido en este libro.

Entonces, ¿la ficción nos puede enseñar a vivir?

La ficción es para enseñar a vivir. La ficción se suele creer que es para pasar el rato, para evadirse… Todo eso puede ser: hay literatura de evasión. Pero la gran Literatura es siempre espejo de la condición humana. Es un algo que se vive en fantasía pero que, al final, me puede a mí corregir y me puede adelantar aquellos acontecimientos que, casi de una manera semejante, me ha de tocar vivir. Por eso, para mí, la Literatura, la ficción, toda ella cuando es profunda, cuando no es un juego formal, cuando es un intento de acercarse a ver el misterio del ser humano, es una manera de aprender a vivir, una manera de pasar de una mirada que le enseña el profesor al alumno para que pueda aprender a vivir. Y esta es una de las claves que tiene este libro. No es erudición sino vida.

¿Y la poesía también nos puede enseñar a vivir?

La poesía es probablemente la más delicada de entre los géneros, porque desciende a aspectos muy concretos pero muy profundos de la realidad, sea del ser humano, sea del cosmos, sea de… Y, a su vez, eso me permite sin duda alguna acrecer en el vivir.

Voy a poner el ejemplo de una de las pocas experiencias personales que cuento en el libro, porque no he querido hacer un anecdotario de los mil momentos que todos los profesores tenemos en las aulas, un hecho que me llamó la atención y me llenó de gozo:

Estaba leyendo yo, en una clase del COU de antes, una poesía de Salinas, «Razón de amor». De pronto vi que estaba llorando una alumna. No le dije nada en el momento de la clase y seguí explicando. Terminé la clase. Pero, al salir, me encontré con ella en el pasillo y le dije:

―Oye, ahora sí me atrevo a preguntarte. ¿Por qué llorabas?

―Porque nunca había encontrado yo en un escrito unas palabras que reflejaran tan perfectamente lo que en este momento estoy viviendo en mi vida afectiva.

―¿Te has fijado que yo nunca pongo un diez en Literatura?

Se quedó sorprendida:

―Sí, pero pones sobresalientes.

―Sí, sobresalientes sí, el nueve se lo pongo, porque con esfuerzo y tal lo saca, pero ¿por qué no pongo el diez? Pues porque sé que es solamente un aprender para pasar el examen, dentro de cuatro días ni se acordará de aquello que le ha permitido ser tan brillante. Pero, en cambio, lo que tú no has de olvidar nunca es la experiencia de hoy. Y para mí la Literatura es eso que has hecho tú, que has vivido. Y por eso, el único diez que yo pondría sería una experiencia como la tuya, donde el juego estético te ha llegado a tocar el corazón y ha llegado a decirte «¡pero si yo estoy viviendo algo semejante!».

Ahí es donde está el esplendor de la verdad y la maravilla de la Literatura, y del Arte, diría yo.

Entonces, ¿qué significa «aprender a mirar para aprender a vivir»?

Es el juego que hacemos en el aula, pero también se puede enseñar en casa o ir con los amigos enseñando mil momentos para aprender a mirar. Pero yo hablo como profesor. Y como profesor, el aprender a mirar…

Para empezar, ¿por qué he escogido este verbo, «mirar»? Podía hacer cogido «aprender a leer para aprender a vivir». Pero elijo «mirar» porque es más abierto en su significación. Y, entonces, ese mirar me permite también concretarlo también en el hecho de que yo, cuando estoy leyendo, no estoy haciendo algo puramente intelectual para comprender, para saber, que sí, que todo eso es un instrumento que la cabeza ordena y te llena de crecimiento, diríamos.

Pero si sólo es para saber, si sólo es para tenerlo dentro de ti y quedar bien en una reunión, para poder decir: «Sí, porque Calderón… porque Salinas…» Y que todo el mundo te responda: «¡Uy, cuánto sabes! », no me sirve. Yo lo que quiero es, si leo a Calderón, aprender qué es el concepto de libertad, y, si leo un poema de Salinas, emocionarme con las sutilezas de que para hablar es necesario saber que tienes un tú mejor, que es el que yo tengo que descubrir, y que incluso yo tengo un yo mejor, que el que me quiera me ayudará a crecer y descubrir.

 En ese instante, la maravilla del arte no es un juego de palabras, sino que es un instrumento de crecimiento y de vida. Pero lo mismo cualquier poema. Si yo digo: «Arriba canta el pájaro, abajo canta el agua. Arriba y abajo se me abre el alma», estoy haciendo que mi vivir pueda darse cuenta de que tiene que estar abierto a la belleza que se cruza en mi camino, de ese árbol otoñal o ese florecer en un instante sorprendente en el jardín que cruzas, o si vas por el camino o, por el bosque, en cualquier momento.

La belleza está en nuestro entorno. ¡Pero hay que saberla mirar! ¿Para qué? ¿Para saber decir «oooh»? No, para aprender a vivir, porque entonces el gozo que te lleva adentro, te deja pleno. No vivimos en un mundo feliz o gris. Lo hacemos feliz o gris los hombres.

La belleza está por todos lados. Y es un componente que yo llamo la «Cenicienta» de la educación. No enseñamos a ver la belleza, a vivir la belleza, como si eso fuera una cosa secundaria. Vamos a por el oro, pero no vamos a por la belleza. Entonces perdemos una de las grandes facetas de lo que es la armonía del ser humano. No digo que sólo haya que mirar lo bello y olvidarte de lo que es útil. Como decía Saint-Exupéry: «Hay que saber distinguir entre lo importante y lo urgente». ¡Claro que tenemos que buscar lo urgente para suplir las necesidades básicas del ser humano! Pero si sólo te quedas en eso, te quedas a media altura. Es necesario dar el paso hacia lo importante. Y lo importante es todo lo que tiene que ver con Verdad, Belleza y Bien, que son claves para poder armonizar tu vida y hacer que vivas con una mayor plenitud.

En fin, parece un rollo de viejo, pero es lo que yo he vivido, y lo que a mí me ha dado momentos importantísimos. Y que he querido reflejar, no tanto en anécdotas sino en la literatura misma: acercarme a un texto y que el texto se me convierta en expresión de algo fundamental, que me clarifique internamente, que me da ánimo para tener una mayor dignidad y altura.

Aprender a mirar para aprender a vivir es un librillo testimonial, pero difícil de leer, porque hay que ver este testimonio a través de los textos que pongo para entender que la Literatura, la ficción, es una llamada a crecer, a vivir de una manera más digna, a la altura de la condición humana.

¿Qué obras de la literatura les recomendarías a los más jóvenes que les ayudaran a descubrir esa profundidad en el vivir?

¡Madre mía! ¡Te diría que todas! Porque en todas hay siempre páginas sublimes.

Yo tengo una tendencia a las grandes obras clásicas. A mí me ha hecho un bien enorme la Literatura desde la Ilíada a la Odisea… Es verdad que la Odisea la he trabajado mucho más porque me parecía que para el orden de la escuela, o bien del centro en el que podía estar en cada ocasión, era una obra que podía enseñar a vivir de una manera prodigiosa (lo tengo recogido en el libro).

Pero luego están otras obras que pudieran parecer más difíciles, pero que tienen una cualidad enorme. Yo recomendaría que se estudiara con finura El retrato de Dorian Grey ¿Por qué? Pues porque el juego contemporáneo probablemente es olvidarnos del alma y hacernos creer que podemos conseguir la eterna juventud, y creer que todo es válido. Y luego, al final del proceso, porque somos tiempo, un paréntesis, como diría Valverde, un paréntesis en el tiempo universal, nos da un paréntesis de entrada y salida, como en el gran teatro del mundo. Entonces, ¿qué ocurre? Te encuentras como Dorian Grey, cuando descubre que su retrato se ha llenado de perversión, aunque él parece que permanece eternamente joven.

Pero mi obra celestial, mi obra magna es El Quijote. No sé vivir sin el Quijote. Probablemente sea la obra que más me ha enseñado a mí a aprender a mirar para aprender a vivir.

Y luego te diría las grandes obras de nuestros clásicos. En mi alma, en mi alma más profunda yo soy un entusiasma de San Juan de la Cruz, de su prosa también, no sólo de sus versos. Y de Santa Teresa. Es otra clave que me ha enseñado a vivir.

Pero diría ¿qué obras, así, a contrapié? ¿Me puede decir algo, obras románticas nuestras, aunque no tengan la grandeza de otros pueblos románticos europeos? Pues tiene un gran sentido. A mí, por ejemplo, Don Juan Tenorio me sorprendió, porque él tiene como clave un ideal que me parece fundamental. No es tanto don Juan el mujeriego, que está movido por la lujuria a satisfacer su pasión. No. Ahí tiene otras claves. Parece que lo que él quiere es vencer a la hembra poderosa, cuanto más vigorosa y más corporalmente poderosa parezca, más reto para él es conquistarla… ¿Y por qué me admiró? Porque, al final, un hombre así sorprendentemente donde va a encontrar el amor no va a ser en esa hembra poderosa y espectacular en sus formas, sino en la mujer delicada, casi virtuosa. Es doña Inés. Doña Inés es el candor. Y el candor, mira por dónde, en la menos dotada físicamente (voy a decirlo así), se convierte en un ideal que puede transformar lo que ese hombre estaba buscando. No en su corporalidad o materialidad de las pasiones, sino en su espíritu. Y por eso, lo único que puede vencer a un corazón así, atormentado y desesperado es el amor, pero un amor que lleva al encuentro con la virtud. Es lo único que le puede salvar. A mí esa idea me parece genial porque es algo que veo en este mundo nuestro como una necesidad: un amor sincero, un amor verdadero, un amor candoroso. Aunque sea expresado en el mito y la exageración y las formas del mundo romántico, puede llegar a decir grandes verdades si se sabe leer.

En toda obra encuentro siempre maravillas para leer. Soy un entusiasta de Machado, de don Antonio. Pero soy un entusiasta de Juan Ramón Jiménez, que es el maestro más profundo de la poesía española del siglo XX, el que probablemente más hondura puso en sus obras, ahondando en los grandes anhelos del ser humano. Encontrarse con la verdad, con la belleza, con la plenitud, con todo aquello que calme, no sólo la necesidad sensitiva del ser humano, sino las nostalgias interiores que todos tenemos de infinito.

Todo esto lo he querido reflejar a mi modo en los textos que he comentado. Y todo esto he querido dejarlo como una especie de testimonio de lo que ha sido mi vida. Por eso le llamo «memorias», que no son memorias de una historia personal, sino cómo he vivido yo la Literatura y cómo la Literatura me ha enseñado a vivir y a crecer en un sentido de humanidad. Y esto es lo que he querido reflejar en esta obra. Llamando un poco a un combate: por favor, id primero a por la belleza, no vayáis a por la erudición. No vayáis a por el estudio de datos y de obras. Eso no sirve para nada. Si las leéis, y a cada obra os ayuda a descubrir un ángulo y os hace más humanos, ¡ese es mi aplauso!

One Comment

    • Maite Aizcorbe

    • 3 meses ago

    Me gusta mucho todo lo que dice Santiago.
    Me sorprende gratamente. Me enseña.
    Me abre la mente a lo bueno.
    Gracias

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